El conocimiento ancestral puede salvar la Amazonía

La Dra. Rosa Vásquez Espinoza propone integrar saberes indígenas para enfrentar la crisis ambiental antes de alcanzar puntos de no retorno.

A medida que la Amazonía se acerca a puntos de no retorno impulsados por la deforestación, la minería, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático, la comunidad científica comienza a mirar más allá de los laboratorios en busca de respuestas. Durante una conferencia organizada por American Community Media, la bióloga química peruana, exploradora de National Geographic y autora Rosa Vásquez Espinoza sostuvo que el conocimiento ancestral de los pueblos indígenas, construido tras siglos de convivencia con el bosque, ya no debe considerarse independiente de la ciencia moderna. Por el contrario, aseguró que la combinación de ambos sistemas de conocimiento puede transformar las estrategias de conservación, impulsar nuevos descubrimientos científicos y contribuir a proteger uno de los ecosistemas más importantes del planeta antes de que el daño sea irreversible.

La ciencia comienza a validar los saberes ancestrales

Para Vásquez Espinoza, los pueblos indígenas han comprendido desde hace siglos algo que la ciencia apenas empieza a reconocer con mayor claridad: los seres humanos y la naturaleza forman parte de un mismo sistema. Muchas cosmovisiones indígenas consideran que los bosques, los ríos, las plantas y los animales son entidades vivas que merecen protección porque el bienestar humano depende directamente de su salud. Esta forma de entender el mundo, explicó, ha permitido que numerosas comunidades administren sus recursos de manera sostenible, garantizando que los ecosistemas puedan regenerarse para las siguientes generaciones.

Lejos de considerar estos conocimientos incompatibles con la investigación científica, la especialista sostiene que la ciencia moderna está encontrando cada vez más evidencia que respalda prácticas transmitidas durante siglos. Incluso bromeó con que, en muchos aspectos, “la ciencia moderna está alcanzando al conocimiento ancestral”. Después de todo, ambos sistemas parten de la observación constante, la experimentación y la acumulación de aprendizajes, aunque utilicen metodologías diferentes para llegar a sus conclusiones.

Como ejemplo de esta convergencia, Vásquez Espinoza destacó el creciente movimiento internacional por los Derechos de la Naturaleza. A diferencia de las leyes ambientales tradicionales, que suelen actuar una vez que el daño ya ocurrió, esta iniciativa busca reconocer a la naturaleza como un sujeto con derechos propios. Desde su perspectiva, este cambio representa una oportunidad para abandonar un enfoque meramente reactivo y avanzar hacia modelos de conservación basados en la prevención, la regeneración y el respeto por los ecosistemas.

Las abejas sin aguijón revelan el potencial oculto del bosque

Uno de los casos que mejor ilustra esta colaboración entre ciencia y conocimiento indígena es la investigación que la científica desarrolla sobre las abejas sin aguijón, una especie nativa de las regiones tropicales que existe desde la época de los dinosaurios. Su interés surgió durante la pandemia de COVID-19, cuando distintas comunidades amazónicas le contaron que utilizaban la miel de estas abejas para aliviar los síntomas de la enfermedad. A partir de ese conocimiento tradicional, su equipo realizó los primeros análisis químicos de esta miel medicinal en el Perú.

Sin embargo, el proyecto pronto demostró que el valor de estas abejas va mucho más allá de sus propiedades terapéuticas. Además de ser polinizadoras altamente eficientes de cultivos como café, cacao, palta y arándanos, cumplen un papel fundamental en la economía de muchas comunidades amazónicas. La producción de miel fortalece los medios de vida locales, genera oportunidades para mujeres y jóvenes y contribuye a la seguridad alimentaria, convirtiéndose en un ejemplo de cómo la conservación también puede impulsar el desarrollo sostenible.

Vásquez Espinoza señaló que las posibilidades de descubrimiento dentro de la Amazonía son mucho mayores de lo que solemos imaginar. Recordó que recientes hallazgos arqueológicos muestran que hace unos 10 mil años existieron grandes civilizaciones capaces de desarrollar agricultura y complejos sistemas de manejo del agua en plena selva. Estos descubrimientos desmontan la idea de que la Amazonía estuvo habitada únicamente por pequeños grupos nómadas y demuestran que es posible convivir con el bosque sin destruirlo.

El futuro de la Amazonía afecta al mundo entero

Aunque millones de personas nunca visiten la Amazonía, la investigadora recordó que su conservación tiene consecuencias directas sobre la vida cotidiana en todo el planeta. El bosque regula los patrones de lluvia, influye en el clima global, sostiene la producción de cultivos como el café y el cacao, y alberga especies que han dado origen a medicamentos, cosméticos y otros productos utilizados a nivel mundial. Por ello, proteger la Amazonía no es únicamente una responsabilidad de los países amazónicos, sino un desafío global.

Frente al avance de las actividades extractivas y a la incertidumbre política que enfrentan varios países de la región, Vásquez Espinoza considera que aún existe margen para actuar, pero advirtió que ya no basta con reparar los daños una vez que ocurren. En su opinión, gobiernos, científicos, comunidades indígenas y ciudadanos deben adoptar estrategias regenerativas que prioricen la prevención y fortalezcan los ecosistemas antes de que estos alcancen puntos de no retorno.

La especialista también hizo un llamado a reconocer el impacto que pueden tener las decisiones individuales. Elegir productos provenientes de cadenas de suministro responsables, preguntarse de dónde provienen materiales como la madera o el oro y apoyar iniciativas locales de conservación son acciones que, multiplicadas por millones de personas, pueden modificar la demanda del mercado e impulsar cambios ambientales a gran escala.

Como reflexión final, Vásquez Espinoza resumió el mensaje central de su trabajo con una frase: “el futuro es ancestral”. A su juicio, reconectarnos con la naturaleza también implica recuperar conocimientos que han permitido a los pueblos indígenas proteger la Amazonía durante generaciones. En un contexto marcado por la crisis climática y la pérdida acelerada de biodiversidad, considera que las respuestas no solo se encuentran en las nuevas tecnologías, sino también en la sabiduría de quienes han aprendido a convivir con el bosque desde hace siglos.