Expertos advierten que la crisis climática avanza mientras disminuye la atención pública y política sobre el tema.
Mientras Europa enfrenta olas de calor sin precedentes, el humo de incendios forestales cubre amplias zonas de Norteamérica y los científicos advierten que un potente fenómeno de El Niño podría agravar aún más las condiciones climáticas durante los próximos meses, especialistas sostienen que uno de los mayores desafíos ya no es demostrar la existencia del cambio climático, sino explicar por qué ha desaparecido del centro del debate público. Durante una conferencia organizada por American Community Media, investigadores, líderes comunitarios y expertos en resiliencia coincidieron en que la brecha entre la evidencia científica y la conversación política continúa ampliándose justo cuando los efectos del calentamiento global son cada vez más visibles.
Más allá de reducir las emisiones de carbono, los ponentes insistieron en la necesidad de transformar la manera en que se comunica el cambio climático. A su juicio, las comunidades ya están viviendo sus consecuencias, por lo que fortalecer la resiliencia local, impulsar la justicia ambiental y conectar la ciencia con las experiencias cotidianas resulta tan importante como las políticas de mitigación a largo plazo.
Los impactos del cambio climático ya forman parte de la vida cotidiana
Karen McKinnon, profesora asociada de Estadística y Medio Ambiente de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), explicó que durante la última década la ciencia ha avanzado significativamente en la capacidad de relacionar eventos meteorológicos extremos con el cambio climático. Si antes las discusiones se centraban en metas globales de temperatura, hoy los investigadores pueden determinar con mucha mayor precisión cómo el calentamiento global influye en olas de calor, incendios forestales y lluvias extremas.
“Estamos hablando menos sobre cambio climático, pero las personas alrededor del mundo están experimentando de forma muy directa los impactos de los fenómenos climáticos extremos”, señaló.
Como ejemplo, mencionó las recientes olas de calor que provocaron miles de muertes adicionales en Europa, las temperaturas extremas registradas en la costa este de Estados Unidos y el humo proveniente de los incendios forestales de Canadá, que deterioró la calidad del aire en buena parte del país. A ello se suma el desarrollo de un evento de El Niño que podría convertirse en uno de los más intensos de las últimas décadas.
Aunque El Niño es un fenómeno natural, McKinnon explicó que actualmente ocurre sobre un planeta considerablemente más cálido debido a las emisiones de gases de efecto invernadero. Esto significa que sus efectos son hoy más intensos que en el pasado.
“No sabemos si el cambio climático está modificando a El Niño, pero sí sabemos que El Niño ocurre ahora sobre un clima mucho más cálido”, afirmó.
La científica explicó que una atmósfera más caliente puede retener mayor cantidad de humedad, lo que incrementa tanto la intensidad de las lluvias como el riesgo de inundaciones. De igual forma, las temperaturas extremas se vuelven aún más severas porque parten de una línea base mucho más elevada que hace apenas unas décadas.
“Cada ola de calor es más caliente debido al cambio climático”, aseguró.
McKinnon también destacó que la ciencia ya no solo mide el aumento promedio de la temperatura global, sino que puede identificar cómo el cambio climático incrementa la probabilidad y severidad de eventos meteorológicos específicos. Esto, dijo, debería transformar la manera en que se comunica el problema.
En lugar de hablar únicamente de metas como limitar el calentamiento global a 1,5 o 2 grados Celsius, considera que la conversación debe enfocarse en experiencias que cualquier persona pueda reconocer, como los días en que la calidad del aire impide salir de casa, las altas temperaturas obligan a cancelar actividades al aire libre o el humo de los incendios mantiene a las familias encerradas.
Las comunidades responden fortaleciendo su propia resiliencia
Mientras la ciencia continúa perfeccionando sus proyecciones, muchas comunidades ya trabajan para adaptarse a una realidad marcada por eventos climáticos cada vez más frecuentes.
Shina Robinson, directora de proyectos de resiliencia de Asian Pacific Environmental Network (APEN), explicó que numerosas comunidades inmigrantes y refugiadas de California enfrentan simultáneamente contaminación industrial, olas de calor, humo de incendios forestales y viviendas con infraestructura deficiente.
“Nuestras comunidades enfrentan diariamente las injusticias ambientales propias de vivir en la primera línea. Luego, los impactos del cambio climático se suman a esas amenazas existentes”, afirmó.
Durante la temporada de incendios, el humo se combina con la contaminación generada por refinerías y corredores industriales. Durante las olas de calor, muchas familias viven en edificios antiguos que retienen temperaturas elevadas y carecen de sistemas adecuados de ventilación. Además, los cortes de energía pueden agravar aún más la situación al interrumpir servicios esenciales.
Para enfrentar estos desafíos, APEN impulsa la creación de centros comunitarios de resiliencia, espacios de confianza que permanecen activos antes, durante y después de una emergencia.
Uno de sus principales proyectos es la transformación del Lincoln Recreation Center, ubicado en Chinatown, Oakland, en uno de los primeros centros municipales de resiliencia de Estados Unidos. El recinto atiende diariamente a unas mil personas mediante actividades recreativas, programas para adultos mayores, servicios comunitarios y atención en varios idiomas.
Tras años de trabajo comunitario, las obras comenzarán este mes e incorporarán paneles solares, baterías de respaldo, sistemas avanzados de ventilación y filtración de aire, espacios para refugio temporal y una cocina comunitaria que podrá seguir funcionando incluso durante interrupciones del suministro eléctrico.
Sin embargo, Robinson insistió en que la resiliencia no depende únicamente de la infraestructura.
“Las comunidades resilientes son comunidades organizadas. Son comunidades conectadas”, sostuvo.
Durante la pandemia de COVID-19, el centro comunitario se convirtió en un punto clave para distribuir información sanitaria en distintos idiomas, organizar patrullajes vecinales y brindar apoyo a adultos mayores afectados tanto por el aislamiento como por el incremento de ataques contra personas asiáticas.
Para Robinson, las políticas climáticas también deben comunicarse con un lenguaje mucho más cercano a las preocupaciones cotidianas de la población.
En lugar de hablar de “descarbonización equitativa”, APEN conversa con los vecinos sobre viviendas saludables, aire limpio, menores tasas de asma, ahorro energético y seguridad para las familias.
“Cuando hablamos con los residentes, hablamos de salud. Hablamos de proteger a sus hijos”, explicó.
Asimismo, pidió a los medios de comunicación dar mayor espacio a las voces de las comunidades y permitir que sean ellas mismas quienes expliquen cómo viven el cambio climático desde sus propias experiencias.
Cambiar la narrativa también es una forma de actuar
Para Mark Valentine, asesor principal de Omega Resilience Awards y fundador de ReFrame It, el cambio climático no puede analizarse de forma aislada, ya que interactúa con crisis económicas, desigualdades sociales y conflictos políticos que se refuerzan mutuamente.
A través de programas que apoyan a líderes comunitarios en África, América Latina e India, su organización ha documentado cómo distintas comunidades desarrollan soluciones locales frente a problemas ambientales que rara vez reciben atención internacional.
Valentine advirtió que incluso algunas iniciativas diseñadas para combatir el cambio climático pueden generar nuevos conflictos cuando excluyen a las poblaciones locales. La extracción de minerales estratégicos, los grandes proyectos hidroeléctricos o algunas instalaciones de energías renovables pueden reducir emisiones globales mientras afectan territorios indígenas o desplazan comunidades vulnerables.
“Las comunidades no quieren ser felicitadas por ser resilientes. Preferirían no haber tenido que atravesar esa crisis en primer lugar”, afirmó.
Los panelistas coincidieron además en que la cobertura mediática suele informar sobre incendios, inundaciones o sequías como hechos aislados, sin explicar de manera consistente cómo el cambio climático aumenta la frecuencia e intensidad de estos fenómenos.
“La cobertura del cambio climático puede estar desapareciendo. La cobertura sobre incendios, calor extremo y sequías no. Lo que falta es conectar esos puntos”, señaló Valentine.
McKinnon reconoció que la comunicación científica también enfrenta retos importantes. Aunque existe evidencia contundente sobre el vínculo entre el calentamiento global y las olas de calor, otros procesos climáticos continúan siendo objeto de investigación, por lo que comunicar tanto las certezas como las incertidumbres resulta esencial para mantener la confianza pública.
Por su parte, Robinson subrayó que las soluciones climáticas deben construirse junto a las comunidades más afectadas, cuyo conocimiento cotidiano puede orientar mejores políticas públicas.
Pese al cansancio social frente a las múltiples crisis y a la creciente polarización política, los tres especialistas coincidieron en que aún existen razones para el optimismo. Las tecnologías para reducir emisiones ya están disponibles, las comunidades continúan desarrollando estrategias de adaptación y cada vez hay más evidencia científica para orientar la toma de decisiones.
El desafío, concluyeron, ya no consiste únicamente en comprender el cambio climático, sino en lograr que la conversación pública, las políticas y la acción colectiva avancen con la misma rapidez con la que está cambiando el planeta.
